martes, 13 de abril de 2010

Recuerdos


Celebraba que el mundo no había parado de caminar y que el aire no se había vuelto opaco, una excusa como otra cualquiera. Las calles sabían a sangre y el vino a vinagre viejo. El lunes por la noche recibí la llamada de aquella vieja conocida. Era la típica historia de drogas, novio maltratador, celos y poco dinero en la cuenta corriente pero algo me llamó la atención sobre todo lo demás y no fue su voz de línea caliente. No sabría explicarlo y en aquel momento tampoco necesité comprenderlo. El alcohol corría por mis venas como una venérea cuando salté al coche y arranqué pisando a fondo el acelerador, tanto que casi saco el pié por debajo del chasis. Primera, segunda, tercera y el coche rugiendo por la avenida rumbo a la perdición de lo desconocido. No siempre se pueden tener los pies en la tierra ni la polla entre las piernas.
En poco más de media hora estaba bajo su falda con un cigarro en una mano y una copa de crianza en la otra pensando en si tendría suficiente comida el perro para desayunar al día siguiente. La cabeza me daba vueltas así que me agarré lo más fuerte que pude a ella y estuvimos follando hasta que amaneció de mala manera. Me limpié con las sábanas y rodé lo más lejos que pude sobre la cama hasta quedarme dormido como un niño pequeño. Al despertar ella aún dormía así que me deslicé sobre su cuerpo, la besé en la mejilla, recogí mi ropa del suelo y salí a hurtadillas al pasillo. Una lata de cerveza y un puñado de cereales, el desayuno de los campeones.
Volviendo al encender la radio oí a Dylan algo triste, sonreí a medias y le pegué una calada al Chester de liar. Hasta la vista princesa.

Alfred Cleveland