
No quisiera tenerlo que admitir pero ayer me acordé de ti mirando el andar despistado de otra mujer. He aprendido por fin caminando por las calles de Madrid a esquivar faldas que desatan tempestades, macetas sin arena ni vergüenza ni flores y camisetas llenas de escotes. Un horizonte de besos sin principio ni final que valga la pena más que para ganar una feria y perder alguna noche en vela. Estribillos que asoman por las esquinas entre musas que taconean bulerías, embutidas en versos de seda fina, ante mis ojos tristes de mirada perdida.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada