sábado, 12 de diciembre de 2009

"Quería destruir algo bello"


La creación y la destrucción son dos caras de la misma moneda describiendo una parábola antes de caer sobre la palma de mi mano. Vivencias. Un momento suspendido en peligroso equilibrio sobre mis neuronas, viejas fotografías colgando de mis retinas, el tacto de mi piel sobre otra piel más fría donde no se siente nada y las penas se avivan. Llamitas que contagian a otras y las engrandecen con su fuego y entonces estallan de emoción o de placer o de rabia.
Quise escribir pero ya no pude y, cuando por fin lo conseguí, la carta no llegó a su destino porque el cartero la violó sobre su carrito amarillo ceniciento y yo, que me había cortado la lengua al chupar el pegamento del sobre, no pude llamar por teléfono.
Así pasaron las noches: con días torpes entre medias, sábanas frías y almohadas vacías, con ese ridículo ronquido del vecino que por Dios se ahogue de una vez por todas y calle para siempre, hasta que nadie supo por qué y me convertí en canción triste, desacompasada y desafinada con trompeta en si y armónica diatónica y soné de fondo en un bar sin camarera ni vasos de medio litro. Y así, de aquella manera tan intangible, volví a soñar con faldas, viajes y tardes de domingo y volví en mí casi sin querer volver, casi obligado, del todo ebrio y sin control. De vuelta aterrizaje forzoso sobre sábanas sucias a la sombra de las pilas de libros leídos y no leídos, desembarque entre las piernas de la soledad y taxi hacia lo desconocido. Nos veremos por los bares donde sirvan bloodymarys y pinchen música de verdad y no esa basura de dos por tres compases que los latinos bailan a ritmo haciendo petting.
Salud, sal y vodka, camaradas. Buenas noches y hasta mañana.